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PERSONAJES DE GRACIAS

Jeremías Cisneros: el poeta de Gracias que fue el primero en cantar a Lempira

📅 26 de julio de 2026⏱ 6 min👤 PhD Juan-Carlos Torres
Jeremías Cisneros: el poeta de Gracias que fue el primero en cantar a Lempira

Nació en Gracias en 1845 y escribió «Lempira», cincuenta y nueve cuartetos alejandrinos sobre la resistencia lenca. Fue el primer poeta que llevó al cacique a la literatura hondureña — décadas antes de que el país lo consagrara como héroe nacional.

Antes de que Lempira fuera héroe nacional, antes de que el departamento llevara su nombre, un poeta de Gracias lo convirtió en literatura. Esta es su historia — y un fragmento de aquel poema.

El primero que cantó a Lempira

La figura del cacique Lempira que hoy da nombre a un departamento, a la moneda nacional y al 20 de julio no siempre estuvo en el centro de la identidad hondureña. Fue rescatada en el siglo XIX, cuando la literatura romántica buscaba en la historia los orígenes de la hondureñidad; su consagración oficial como héroe nacional no llegaría hasta los años veinte del siglo siguiente.

Y quien lo cantó primero fue un graciano: Jeremías Cisneros, considerado el primer poeta que llevó a Lempira a la literatura hondureña. Escribió sobre el cacique desde la tierra misma donde ocurrió la resistencia, décadas antes de que el Estado hiciera de él un símbolo. Ese es su lugar en la historia, y es un lugar considerable.

Quién fue

Jeremías Cisneros nació en Gracias, Lempira, en 1845. Fue funcionario público, periodista y hombre de inquietudes filosóficas, y dedicó buena parte de su vida a escribir: poesía, tradiciones coloniales y estudios históricos. Su obra se inscribe de lleno en el romanticismo hondureño, en la generación que se propuso, deliberadamente, fundar una literatura nacional. Sus restos descansan en el Cementerio General de Gracias.

«Lempira»: cincuenta y nueve cuartetos alejandrinos

Su poema más importante, Lempira, consta de cincuenta y nueve cuartetos alejandrinos. No es propiamente un canto sino una narración: recorre la llegada de Colón, la agresión española y la respuesta indígena, y arranca con una extensa descripción del paisaje del occidente — el Congolón, Coyocuntena, Cerquín — que fue escenario real de la guerra. En sus versos finales declara explícitamente su propósito: marcar el camino hacia una literatura propia.

Estos son los primeros ocho cuartetos, con la ortografía de la época:

Lempira — La conquista (fragmento)

Aquí, sobre las cumbres del Congolón gigante,
Domínase, á lo lejos, el vasto litoral
De un pueblo generoso, de vida exuberante,
Do tuvo el primer templo la patria libertad.

Domínase el grandioso, risueño panorama
Que forman nuestros picos y crestas hasta el mar,
Los montes y los pueblos que el patriotismo aclama
Cual monumentos vivos de honor tradicional.

Allá, en lontananza, descuella la eminencia
De un monte celebérrimo, de histórico valor:
El gran Coyocuntena, la egregia residencia
De aquél de la Alta Sierra, magnífico Señor.

El cerro es que ha ocultado su pórtico soberbio,
Las criptas y palacios que encierra en su interior,
Las joyas y tesoros —bajo un secreto impervio—
Quizás hoy de difícil ó vana inquisición.

Allí Lempira alienta, allí su reino se alza,
Allí la cruenta lucha se traba con furor.
Allí la España sienta de pérfida y de falsa
Indigno un precedente de eterno deshonor.

Mirad: aun se distinguen las obras seculares
Que acusan la estrategia cual fin de su erección,
Como en Cerquín, no lejos, al Oeste, los sillares,
Con arte colocados, marcial destinación.

Y fué en Coyocuntena do hubo combinado
De heroica resistencia su incomparable plan
Lempira, cuando supo que había traspasado
El español los lindes del reino de Copán.

Entonces, con presura, sus hombres eminentes
Congrega en asamblea; ya no hace distinción
De clases antagónicas; de bandos disidentes
Realiza, como medio supremo, la fusión.

Ese último cuarteto merece atención. Cisneros retrata a Lempira disolviendo las divisiones entre pueblos y clases para enfrentar al invasor — la misma idea de unidad que la historiografía posterior colocaría en el centro del mito nacional. El poeta la escribió primero.

Lo que dice la crítica

Aquí conviene ser honesto, porque la valoración de su obra es más matizada de lo que suele repetirse.

Óscar Castañeda Batres lo señaló como el representante del indianismo en el romanticismo hondureño — esa vertiente tan característica del romanticismo americano que volvió los ojos hacia el mundo indígena. Pero el mismo crítico fue severo con sus versos: consideró que Cisneros fue mejor prosista que poeta, que su verso adolece de pobreza y que lo empeora el abuso de un lenguaje seudocientífico y filosófico. La estudiosa Helen Umaña, en su historia de la poesía hondureña, coincide en que prefirió temas colectivos tratados con grandilocuencia.

Frente a esos juicios está el de Juan Ramón Molina, el mayor poeta hondureño de la época, que lo defendió con calidez: describió a un Cisneros «solo y taciturno», sin periódicos que elogiaran su obra ni amigos que lo aplaudieran, y sostuvo que dejaba páginas de gran vigor y serenidad, merecedoras de ser tomadas en cuenta cuando se escribiera la historia de la literatura hondureña.

Ese contraste es, en sí mismo, el retrato de su lugar en las letras: una figura de importancia histórica indiscutible cuyo valor estético se sigue discutiendo. Y esa discusión no rebaja su significado — ser el primero en abrir un camino no es lo mismo que ser el que mejor lo recorrió.

El prosista y los otros versos

Si la crítica lo considera mejor prosista, vale la pena buscarlo ahí: escribió tradiciones coloniales que se describen como muy amenas y estudios históricos. Para un lector de Gracias, ese material es doblemente interesante, porque su mirada sobre el pasado colonial se posa sobre esta misma comarca.

De su obra poética se conocen también Cantares, treinta y cuatro cuartetas octosilábicas de tono ligero y sentencioso, y una elegía a la muerte de su hija, En la urna sepulcral de mi hija Luisa Francisca. Ese título, entre tanta grandilocuencia patriótica, deja ver al hombre detrás del bardo.

Su lugar hoy

Jeremías Cisneros descansa en el Cementerio General de Gracias, en la ciudad donde nació. Su nombre no figura entre los grandes de la literatura latinoamericana, y probablemente no deba figurar. Pero ocupa un lugar que nadie puede disputarle: fue el primero en convertir a Lempira en materia literaria, escribiendo desde el suelo donde el cacique resistió, cuando aún faltaban décadas para que el país lo adoptara como símbolo y para que este departamento tomara su nombre.

Leído así, su poema deja de ser una curiosidad del romanticismo provinciano y se vuelve un documento: el momento en que una ciudad de montaña empezó a contarle al país quién había sido Lempira.

Datos biográficos

  • Nombre: Jeremías Cisneros
  • Nacimiento: Gracias, Lempira, 1845
  • Sepultura: Cementerio General de Gracias
  • Oficios: poeta, prosista, periodista, funcionario público
  • Corriente: romanticismo hondureño, vertiente del indianismo
  • Obra principal: Lempira, poema de 59 cuartetos alejandrinos
  • Otros versos: Cantares; En la urna sepulcral de mi hija Luisa Francisca
  • Prosa: tradiciones coloniales y estudios históricos
  • Importancia: primer poeta en llevar la figura de Lempira a la literatura hondureña

Siga leyendo: la historia de Lempira y la resistencia de Cerquín, el Día de Lempira cada 20 de julio, y el cine y las letras de Gracias. Otros hijos ilustres de la ciudad: Julián López Pineda, Pedro Pineda Madrid y Juan Lindo.

Valoraciones críticas de Óscar Castañeda Batres (Panorama de la poesía hondureña) y Helen Umaña (La palabra iluminada: el discurso poético en Honduras), que recoge también el juicio de Juan Ramón Molina. El fragmento del poema conserva la ortografía de la edición original.

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