La Maldición de Mickey Mouse: el muñeco que acechaba en la sombra
En la Gracias detenida en el tiempo, Isabel la enfermera compra a una misteriosa vendedora un figurín de Mickey Mouse por 5 pesos. Pronto el muñeco empieza a aparecer solo en lugares donde nadie lo puso, riéndose en la penumbra. Un cuento de terror de PhD Juan-Carlos Torres, basado en una vivencia de su madre.
Cuento de terror basado en una vivencia de mi madre, Isabel, la enfermera de Gracias. © Juan-Carlos Torres.
La ciudad detenida en el tiempo
Hace mucho tiempo, cuando la Ciudad de Gracias era una localidad apacible atrapada en el tiempo, casi en decadencia, surgió este suceso inexplicable. Las calles empedradas de Gracias rara vez veían una agitación significativa. La tranquilidad y el silencio eran compañeros constantes, y las antañonas casas, la mayoría en estado de deterioro, albergaban historias no contadas durante siglos.
Isabel, la enfermera, una mujer fuerte y trabajadora, criaba a sus dos hijos sola en esta ciudad donde el reloj parecía haberse detenido. Su casa, modesta pero siempre limpia, era un refugio donde la alegría reinaba, pero también estaba impregnada de una melancolía que parecía emanar de las paredes desgastadas.
La vendedora misteriosa
Un domingo por la tarde, cuando todo era tranquilidad y el bullicio de los vendedores se había atenuado tras un día de ventas en el mercado central, alguien tocó a la puerta. Isabel se apresuró a abrir, pensando que tal vez era alguien que necesitaba atención médica.
En la puerta estaba una mujer de aspecto desaliñado, con arrugas profundas en su rostro que parecían esculpidas por la tragedia misma. Su mirada era inquietante, como si guardara secretos oscuros. Sin decir nada, extendió una toalla en sus manos, desvelando un figurín de Mickey Mouse. La figura parecía casi nueva y brillante, pero su apariencia encerraba un misterio insondable.
—La estoy vendiendo —dijo la señora—. Se vería muy bonita en esta casa, y además es una alcancía.
Ante la insistencia de su hijo menor, Isabel compró el figurín por 5 pesos e inmediatamente lo colocó en una pequeña cómoda con un espejo grande, en el segundo piso de la casa, que servía como dormitorio. A partir de ese momento, la presencia de la figura se convirtió en una sombra siniestra que arrojaría un velo de terror sobre la familia.
El muñeco que se movía
Dado que el figurín era frágil y caro, Isabel advirtió a sus hijos que era solo un adorno y que estaba terminantemente prohibido tocarlo o jugar con él. El figurín era hermoso y adornaba la cómoda muy bien, pero su presencia era opresiva.
Un día, al regresar del trabajo, Isabel encontró el figurín sobre la cama de su hijo menor. Tan pronto como vio a su hijo, le reclamó su desobediencia, a lo que el chico insistió en que no había sido él, y que seguramente su otro hermano era el responsable. En los días siguientes, Mickey Mouse aparecía en diferentes lugares, y a pesar de los reclamos a sus hijos, nada cambiaba. La atmósfera de la casa se llenó de un miedo insondable.
Isabel prometió que lo vendería, o que terminaría roto o estropeado. En un momento en que los hijos estaban fuera de la casa, decidió esconderlo en el armario y se fue a trabajar. Su sorpresa fue grande cuando lo encontró nuevamente sobre la cama de su hijo.
Esa tarde, los dos hijos fueron castigados severamente. Puso el muñeco de nuevo sobre la cómoda y todos se fueron a dormir. A medianoche, Isabel se levantó para ir al baño y, de reojo, vio al muñeco: juró que se reía. Pensando que era su imaginación, encendió las luces y lo volteó, apuntándolo hacia la pared. Su sorpresa fue mayor cuando, por la mañana, el muñeco estaba de frente, con una expresión extraña y aterradora.
El saco y el barranco
Espantada por la experiencia, Isabel metió el muñeco en un saco y, al pasar un señor, le pidió que —sin desatar el saco— lo arrojara a un barranco cerca del río, donde la gente tiraba basura. Le advirtió que por ningún motivo lo desatara, ya que era algo delicado.
El señor, que aceptó la tarea, comenzó a cargar el saco hacia el barranco, pero conforme avanzaba, sintió una presencia oscura y escalofriante que lo abrazaba. El saco parecía retorcerse y moverse, como si algo aterrador luchara por liberarse. Un sudor frío empapó su frente y su corazón latía descontroladamente. Un escalofrío recorrió su espalda mientras luchaba por mantener el saco bajo control.
Cuando finalmente llegó al borde del barranco, sintió como si la misma maldad del infierno se liberara al arrojar el saco hacia el abismo. Un grito estridente, más allá de cualquier sonido humano, resonó en el aire mientras el saco desaparecía en la oscuridad. El hombre, aterrorizado, corrió lejos de aquel lugar, sabiendo que había liberado algo espantoso.
El dibujo en la pared
Dos días después, misteriosamente, apareció un dibujo de Mickey Mouse en una de las paredes de la casa. La mirada siniestra y la sonrisa macabra del dibujo parecían seguir a todos los que entraban en la habitación. Aterrada, Isabel trató de pintar la pared una y otra vez para borrar la imagen, pero sin importar cuánto lo intentara, el dibujo volvía a emerger, como si tuviera vida propia.
El tiempo pasó y, a pesar de todos los esfuerzos, el dibujo persistió en su mirada maligna, atormentando a la familia durante meses.
La única salvación
Fue hasta que la antigua casa fue demolida y reconstruida por completo que el espectro de Mickey Mouse finalmente desapareció. La nueva casa, sin rastro del muñeco siniestro, les brindó al fin la paz que tanto ansiaban. Pero la historia del Mickey maldito quedó grabada en sus pesadillas para siempre.
Más relatos de la Ciudad Eterna: Isabel, la enfermera, también protagoniza El Tecolote de la Muerte. Y el bestiario graciano incluye el Cadejo, la Siguanaba y el Sisimite de Celaque. Descubre el patrimonio oral de Gracias.
© PhD Juan-Carlos Torres. Cuento publicado en graciaslempira.com, basado en una vivencia de su madre, Isabel. «Mickey Mouse» es una marca registrada de The Walt Disney Company; este relato de ficción se publica sin fines comerciales ni de asociación con dicha marca. Todos los derechos reservados sobre el texto. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.



