Reminiscencias de la Catástrofe que Destruyó a Gracias
Presentación: Publicamos aquí una fuente primaria de valor excepcional: la transcripción del documento original escrito a mano por la profesora Mercedes San Martín de Molina, testigo presencial del terremoto que destruyó Gracias en diciembre de 1915. El manuscrito fue prestado por la licenciada Carmen María Molina de Torres; la paleografía es obra del profesor Mario Arnoldo Bueso Yescas y del P. M. José Fernando Membreño, con portada del bachiller Nehemías Orellana. Segunda copia, 2015; tercera copia, septiembre de 2023. Se conserva la ortografía y redacción del original como copia fiel. El texto es un documento de época y así debe leerse: con sus giros, sus comparaciones bíblicas y su emoción intacta, a más de un siglo de aquella noche.
Transcurria el mes de diciembre de mil novecientos quince. El año exhalaba ya los estertores de su agonía y se daban gracias al Todo Poderoso de no haber sido azotados por los flagelos del hambre, la peste, la langosta y mil calamidades como el año precedente. El sueño del despierto que llamamos esperanza nos hacía prever un venturoso mil novecientos diez y seis. ¡Como el hombre, en su imaginación, edifica hermosas concepciones que la elocuente realidad le desbarata!
Habíamos leido descripciones hechas de terremotos ocurridos en El Salvador, Costa Rica, Guatemala, y otros lugares, y siempre indiferente; jamás cruzó por nuestra mente la idea de que algún día seriamos abatidos por análogo infortunio.
Era la tarde pues del día 26 de diciembre. Las fiestas de noche buena acababan de pasar y en los hogares, lejos de toda zozobra, no se hacía sino reir y gozar comentando los sucesos locales pasados.
Habia amanecido el día radiante y hermoso, pero a eso de las 2 de la tarde espesos nubarrones empezaron a opacar la luz del sol; sin embargo, en un lugar donde tan variable es el tiempo, poco cuidado daba aquello. Y era que la tempestad se aproximaba ya. Ni la más leve brisa impulsaba los árboles. Todo era tranquilidad y todo sosiego.
A esa hora aproximadamente hubo un ligero estremecimiento, notado apenas de muy pocas personas, más aquello no era nuevo. Acostumbrados a sentirlos y considerarlos como terminaciones de movimientos terrestres salvadores poca importancia se le dio. Sin embargo, era un aviso.
A los 5 y 25 minutos un sordo rumor y un contundente golpe que parecía venir del interior de la tierra hace venir al suelo las tejas y tapias de las casas. La tierra se estremece y empieza un terrible movimiento de oscilación y trepidación. Los moradores salen despavoridos del interior y una densa nube de polvo se levanta sobre la ciudad. El ruido que hacen las tapias y terrones al caer es aterrador. Lamentos lastimeros, gritos desaforados, llanto de niños, aullidos de perros, carreras, madres que buscan a sus hijos, hombres extáticos, hijos que solicitan por sus padres, preguntas, dudas. etc., todo es alboroto, todo confusión y todo desolación y espanto.
Por doquiera vense madres arrodilladas pidiendo clemencia al cielo, en todas partes rostros lívidos y caras desencajadas por la sorpresa y miedo. ¡Que cuadro tan asombroso y aterrador! Los más expertos o superticiosos dicen: "esto tiene que repetirse" y estas palabras aumentan el temor general.
Inmediatamente las familias, en previsión de una segunda sacudida, abandonan el techo que por largos años les ha cubierto; las plazas y calles públicas vense atestadas de gente y todo ello semeja un campamento húngaro. A todo esto, la noche cierra y una densa bruma cubre la población. Las familias aterrorizadas ni siquiera sacan de sus hogares derruidos los objetos de más utilidad y valor. Al pánico general hay que agregar los incesantes retumbos y sacudidas que de momento en momento se suceden.
El Sr. Gobernador Político, previendo desordenes, e inmediatamente de pasar el primer movimiento, hace levantar una fuerza cívica para que vigile la seguridad pública.
Pero donde se vio un cuadro más espeluznante fue en las cárceles públicas. Más de 200 reos desaforadamente gritaban pidiendo se les abriesen las pesadas rejas sin que nadie se acordase de ellos. La desesperación se cambia en amenaza y al fin las rejas se abren. El peligro estaba conjurado, porque realmente la fuga de ellos era una amenaza para los despavoridos habitantes peor que las convulsiones terráqueas y custodiados por doble fila de soldados, se les alojó en el recinto del cuartel.
Y los retumbos en aquella angustiosa noche no cesaban. Tampoco los rezos y alabanzas en las calles y mucho menos los llantos y aflicciones. Así pasó la noche toda, semejante a un siglo de larga, hasta que la aurora vino. Los habitantes daban gracias al cielo de ver la luz del nuevo día, después de aquellas catorce horas aciagas.
Pero que desconsuelo contemplar tanto edificio arruinado, uno que apenas meses y otros apenas dias de concluidos con tantos sacrificios y privaciones y todos en general heridos por el contundente golpe de los gases subterráneos. ¡Cuántas esperanzas muertas, cuanta pérdida y cuanto desconsuelo! En una ciudad pobre como Gracias, tener una casa, es tener todo un tesoro, y este tesoro naufragó en la tarde del 26. Los habitantes quedaban pues en el desamparo, y a las puertas de la miseria, la mayor parte de ellos.
El día lunes 27 y 28 martes se llegaron sin que nada de notable ocurriera, y ya empezaban los gracianos a cobijar en su corazón la creencia de que no repetiría aquel violento temblor; más la desconfianza flotaba y nadie se atrevía a dormir y habitar bajo el peligro. Todos moraban fuera de las habitaciones, unos en manteados, otros bajo los árboles y los más, bajo el puro cielo.
Y aquel temor muy justo, aunque infundado, vino a confirmarse el día miércoles veinte y nueve del mismo mes. La Divina Providencia era que daba aviso para que se estuviese alerta, porque pronto se presenciaría el epílogo de la tragedia.
Las comunicaciones telegráficas que en la tarde del 26 habían sido interrumpidas fueron establecidas la misma noche y el gobierno activo y humanitario presidido por el Dr. don Alberto Membreño dio sus instrucciones y facultades omnímodas al Gobernador señor Zacapa para dictar medidas tendentes a la seguridad y protección de los damnificados. Al mismo tiempo el Ilustre Dr. Membreño excitó la caridad hondureña para levantar suscripciones en beneficio de los desvalidos gracianos.
Por su proximidad el pueblo copaneco fue el primero en corresponder al llamamiento, enviado por el Sr. Gob. De aquella sección Licdo. Jerónimo J. Reina. Una comisión formada de honorables personas para que vinieran a distribuir los primeros auxilios de manteados y dinero. La aludida comisión cumplió en la medida de sus posibilidades la caritativa encomienda repartiendo algún dinero entre los desgraciados que no encontraban mitigo a su desconsuelo.
El día martes, un tanto restablecidos y conformes se acuestan los moradores, sin imaginarse el fatídico saludo de la mañana siguiente. A las seis del día miércoles 29 una nueva convulsión agita y estremece las entrañas de la tierra. Las minadas tapias, balcones, cornisas y techos se derrumban y nuevamente parece hundirse el suelo. La escena del domingo se repite: madres que cobijan a sus pequeñuelos en su seno, clamores, rezos, carreras, aullidos lastimeros de los perros, tristeza de las aves, y en todo, nueva consternación.
Vense las primeras grietas en el terreno y el peligro que parecía haber cesado reaparece aún más inminente. Las superticiones y creencias más absurdas circulan y ellas determinan a que se abandone el lugar; era razonable. Las trepidaciones y estragos eran tan grandes y violentas que parecía cercano el hundimiento.
Por todas las salidas de la población se veían bestias llevando baúles, cajas, ropa y todo lo más necesario, dejando atrás los desventurados moradores sus hogares destruidos. Los israelitas saliendo de Egipto llevaban a su cabeza un genio que los guiaba y conducía a una tierra señalada: los gracianos, ninguno, y en su éxodo no sabían para donde caminaban.
Creían que el foco del peligro era Gracias y por eso salían a centenares en diversas direcciones. La maldición del infortunado pueblo parecía que al fin se cumplía. Un mundo de ingratos recuerdos se agolpaba en la agitada imaginación graciana, y esto hacia aún más terrífica la permanencia en él, que cual Pentápolis bíblica, pronto parecía que quedaría consumado su exterminio.
Los menos temerosos o los impotentes para salir, contemplaban con dolor y ansia aquella inmigración de un pueblo que tres días antes era dichoso en su pasinidad proverbial. A ellos les quedaba únicamente un montón de escombros y una esperanza; que ya no temblaría.
Esperanza que no deberían ver cumplida, porque a eso de las once de la mañana, otra violenta conmoción, por cierto, la más fuerte de todas, provoca el desplome y caída de tapias y casas, que, aunque minadas se mantenían en pie. Su duración apenas sería de 10 segundos, pero ello determino la ruina de algunas casas que se habían mofado de los movimientos anteriores; acabó de derribar las que estaban agrietadas y nuevas hendiduras de considerable extensión y profundidad hizo que aparecieran. Aquí el miedo tuvo su colmo, y algunas pocas familias que se resistían a abandonar sus intereses, consideraron imprudente aquella terminación. Los pobres moradores eran sometidos a pruebas cada vez más duras y convincentes. El destino los llevaba de susto en susto, de sorpresa en sorpresa, y no pocas personas salieron con el juicio cabal.
El Supremo Gobierno dio sus instrucciones para que las autoridades departamentales se trasladaran al inmediato pueblo de Belén, distante a cuatro leguas. Los primeros pasos se dieron para ese fin, más recapacitando detenidamente se vio la inconveniencia de tal medida. Belén es un pueblo apenas de unas cuarenta casas, pueblo exclusivamente consumidor y sin ninguna comodidad, para alojar una población de unas 6,000 almas, agregándose a esto lo fragoso del camino y la dificultad consiguiente para un repentino traslado. En tales circunstancias, preferible era la movilización a un lugar inmediato, tanto más, cuanto que en las inmediaciones de la población hay extensas y hermosas llanuras muy a propósito para una inmensa población.
Una de las primeras determinaciones que se habían tomado a iniciativa del Señor Presidente Membreño, fue formar una junta llamada "Junta de Socorro" presidida por el Presbítero Ángel Navarro, cuyo objeto seria prestar auxilio a los moradores. La gente que aún no había salido, esperaba de ella o del gobernador una determinación precisa. Parece que el Sr. Gobernador se inclinaba a la idea de trasladarse a Belén o a permanecer en el lugar. El grito popular al fin se impuso y el presidente de la junta de acuerdo con el propio señor Gobernador determinaron trasladarse al inmediato llano de Los Ronrones, distante apenas a una legua.
En la galera del mercado que hacía de iglesia provisional, anunció el Presbítero que excitaba a la generalidad para el traslado ese día al lugar indicado. A las 2 de la tarde un gentio inmenso acudió el llamamiento anunciado por las campanas, y el Reverendo rodeado de una muchedumbre afligida, emprendió el camino elevando plegarias al cielo, llevando como estandarte la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
El Presidente de la República había anunciado el envío de una comisión para que dictaminase y estudiase el lugar en que debia asentarse la nueva población. Esto por los informes un tanto desfigurados que había recibido. En espera de ella se transcurrieron varios días en el llano citado.
Era especial el aspecto que presentaba aquel campo de salvamento. Tiendas por aquí, tiendas por allá, hacia la derecha, hacia la izquierda. Familias que antes no se conocían ahora eran vecinas, y vecinas de antes, ahora quedaban distantes, y hasta ignorado su paradero: en una palabra, siempre la confusión.
En tan criticas circunstancias varias personas caritativas de otros lugares ofrecieron sus hogares y comodidades, pero es tan amable el suelo natal que apenas pocas familias abandonaron el lugar.
A las apuntadas circunstancias hay que agregar el desasosiego general. No había ninguna orientación fija, todos permanecían bajo tiendas en la incertidumbre y solo en espera de resoluciones; y esas resoluciones no se tomaban porque la comisión de Tegucigalpa aún no había llegado.
Por fin llegó. ¡Qué alegría! ¡Que consuelo! Formada esta por personas sensatas y honorables como eran los señores Licdo. Don Serapio Hernández y Hernández, Dr. José J. Callejas e Ingeniero Félix Canales Salazar. Una de sus primeras disposiciones fue estudiar el lugar de la catástrofe y alejar de la creencia general la idea de un próximo hundimiento.
Personas prominentes entre los habitantes abogaban por la reedificación, sin embargo, el pánico de que estaba poseída la generalidad imposibilitaba por de pronto el inmediato regreso. Y era justo y natural porque la Comisión no podia garantizar que no hubiera otra u otras sacudidas.
Congeniando con los moradores, su primera disposición en Cabildo Abierto fue porque se procediere a la construcción de ranchos provisionales por cuenta de la Junta para alojar a los damnificados.
Esta medida ha sido calificada, después como salvadora y oportuna por unos y como improcedente por otros; pero hay que convenir en que las circunstancias eran exepcionalmente críticas. Había efervescencia en la masa popular y preciso era calmarla; además la Comisión traía instrucciones para proceder en un todo de acuerdo con la generalidad que aprobó aquel paso y por consiguiente es una inculpación gratuita la que se hace.
Se repite la generalidad o mejor dicho la totalidad no queria volver al momento al lugar de la catástrofe porque tenía miedo, y si la Comisión hubiera presionado para el regreso, nadie lo hubiera hecho. El dilema de la Comisión estaba pues entre si se regresaba a Gracias o si se hacía el trazo de una nueva población.
Lo último había sido lo mejor si algunas personas sacrificando sus intereses así lo hubiera pedido y a esta hora tendríamos, aunque en pañales una ciudad que entre poco tiempo habría rivalizado con las más florecientes de Honduras. Pero para esto habría habido que comenzar por hacer absoluto olvido del primitivo acicuto de Gracias, lo que habría caído como bomba a los pies de los principales propietarios.
A ese tiempo se habló de la traslación a Lepaera, pueblo de mucho porvenir por la feracidad de sus terrenos, pero la generalidad no acogió aquella determinación. Somos tan perezosos hasta para pensar que nadie se tomó el trabajo de medir y pesar los beneficios que podría haber traído aquella idea. Si se hubiera hecho la traslación a aquel lugar, el porvenir grandioso de la nueva ciudad estaba asegurado. Colocada a pequeña distancia de Santa Bárbara y Santa Rosa y con exuberantes terrenos bien pronto hubiera crecido y prosperado.
Los trabajos avanzaron tan rápidamente, que en el breve lapso de dos meses había una nueva población, no con las comodidades de la extinguida, pero si suficiente para albergar a los moradores, temerosos del cercano invierno.
Auxilio de damnificados
Tan pronto como el telégrafo transmitió el siniestro ocurrido y abultado en comentario como era natural, los socorros empezaron a recaudarse en todo Honduras y aun fuera de ella.
Las ciudades de Santa Rosa y Santa Bárbara fueron las que aun no habiendo ocurrido las dos últimas convulsiones cuando ya se recibían de ellas la primera remesa de fondos. A estos fueron agregándose los venidos de todos los pueblos de occidente que consternados por el dolor ajeno gustosos enviaban sus contribuciones, ya por medio de los Señores Gobernadores o por medio de los Señores Alcaldes Mpales. A la vez se recibían constantes avisos de giros hechos desde Tegucigalpa, San Pedro Sula, La Ceiba y diferentes lugares. Había plétora de fondos y en previsión de cualquier evento fue necesario depositar una gran parte de ellos en la Casa Maier de Santa Rosa de Copán, que sin cobrar ninguna comisión aceptó el depósito.
El Gobierno de Guatemala quiso dar una noble muestra de Centro Americanismo y contribuyó con una respetable suma; el pueblo salvadoreño hizo lo propio y el Costa-Ricense, lo mismo, y solo el de Nicaragua ignoramos si contribuyó, aunque es de suponer no se haya mostrado indiferente al llamamiento humanitario generoso. De todos estos auxilios se formó un fondo de más de 150,000 Pesos plata, sin incluir la suma decretada por el Congreso, de cuya suma existe un gran saldo en el Banco de Honduras y un pequeño en la Casa Maier.
La Junta, según se indicó antes, había dispuesto la edificación de Ranchos Provisionales por su cuenta en la práctica de ello fueron distribuidos operarios y diversos materiales de construcción, nombrando a la vez Directores-constructores de champas.
Fuente: documento original escrito a mano por la Profesora Mercedes San Martín de Molina (QDDG). Copia fiel a su original, prestado por la Licenciada Carmen María Molina de Torres. Paleografía: Profesor Mario Arnoldo Bueso Yescas y P. M. José Fernando Membreño. Portada: Bachiller Nehemías Orellana. Segunda copia, 2015. Tercera copia, septiembre de 2023.
Explora la serie sobre el terremoto de 1915: lee la crónica completa en "El Terremoto de 1915 en Gracias, Lempira: Tiempos de Ruina y Resiliencia", el análisis científico en "Evaluación del Riesgo Sísmico y Geología Tectónica en Gracias", y el poema "Gracias: Resiliencia en los Ecos del 1915".
Documento histórico publicado en graciaslempira.com dentro de la serie "Memoria de Gracias", con la edición y custodia de Juan-Carlos Torres. Se conserva la ortografía del original. Agradecimiento a la familia Molina por la preservación de este testimonio.



